Blog de Eslabonesdelaprofecia

Firi at txe10.

– ¿Por qué no intentas trasladarnos a otro sitio? Cómo hiciste en la gruta. – Preguntó intentando no parecer desesperado por poner distancia entre ellos.

Aquella pregunta pilló por sorpresa a Ánial. No quería decirle que su capacidad de traslación era muy reducida. Solo podía moverse a distancias muy cortas. Cuanta menos información tuviera sería mucho mejor para futuros enfrentamientos. También se guardó mucho de decirle que ella era uno de los pocos acaelios que tenía ese don.

– Pesas mucho para poder arrastrarte conmigo. – Se excusó, satisfecha de no haber tenido que mentirle.

– Es cierto. – Aceptó recordando.

– ¡Pero podemos hacer otra cosa! – Exclamó ilusionada.

– Creo que poca cosa podemos hacer aquí metidos. – Lebinad intentaba controlar su ansiedad.

– Te puedo llevar a un sitio. – Siguió ella, haciéndose la interesante.

– Eso estaría muy bien. – Su voz sonaba aliviada, cualquier lugar sería mejor que seguir aspirando aquel aroma que estaba despertando reacciones tan fuertes en él.

– De acuerdo. Pues cierra los ojos y respira tranquilo.

Ánial se concentró y al momento los dos se sintieron transportados.

Estaban en el mismo lugar, pero era diferente. Las cosas dejaron de tener consistencia. Todo lo que antes tenía cuerpo físico ahora eran figuras difusas e inmateriales. Lebinad se miró sorprendido. Él mismo había dejado de tener cuerpo y a la vez estaba allí con toda su consciencia. Miró hacia ella, que seguía estando pegada a él, pero ya no podía tocarla. Una de esas carcajadas frescas e inconfundibles resonó en su mente. No sabía de donde había salido, pero era Ánial.

– ¿Dónde estamos? – Preguntó maravillado.

– En el mismo sitio, pero en una dimensión diferente. – Le explicó. – Aquí no existe nada físico. Solo puede existir la consciencia. Tú esencia. Eres un ser muy bello. – Su comentario tenía un deje de sorpresa. – No esperaba que fueras así en verdad.

Lebinad la miró de nuevo.

– Tú también eres un ser de una gran belleza. – Susurró impresionado.

Aquella personita inquieta y risueña, era ahora una imagen de luz acogedora.

– ¿Nunca habías estado aquí? – Preguntó ella con una amabilidad inusitada.

Era ella, era su voz, pero a la vez no había rastro de la impaciencia y los cambios de humor. Como si allí fuera la auténtica y pura Ánial, sin las influencias del entorno y de los pensamientos atropellados.

– Hay algunas personas en Ircua que pueden trasladarse a otras dimensiones, pero se les considera maestros superiores. – Respondió. – Según dicen, hay que ser un ser puro y de unas cualidades excepcionales para poder ir con ellos.

La risa de Ánial volvió a sonar, como un cascabel.

– Tus maestros no son más que unos timadores charlatanes. – replicó. – Todas las almas pueden pasar por aquí. Es posible que les dé miedo que alguien pueda ver lo que son de verdad. No todas las almas son tan bonitas como la tuya. He visto cosas muy feas aquí. – Explicó.

– ¿Feas? – Preguntó intrigado.

– Existen muchos tipos de bondad y de maldad. Y aquí no hay disfraces ni cuerpos físicos. No se puede disimular lo que uno es. Cada alma necesita un envase, en el que vivir, en la dimensión de la que venimos. Pero no es más que eso, un envase. Lo auténtico es lo que puedes ver aquí. Esa es la verdad de cada ser vivo. Te juzgué mal, creí que te considerabas superior por tener un cuerpo muy grande y unos modales refinados, pero como ves, somos iguales.

Lebinad se miró de nuevo y tuvo que admitir que era cierto. No había diferencia entre ellos.

Una sombra pasó cerca.

– Es algún tipo de animal. – Le explicó ella, sintiendo su sobresalto. – Sus almas son diferentes, están en un estado de evolución inferior. Pero no te harán daño. Aunque quisieran aquí no pueden. No hay cuerpo al que atacar. Son diferentes a las nuestras, pero no dejan de ser almas.

El asintió entendiendo. Aquello que ella explicaba de una forma tan simple, era lo que los grandes maestros intentaban hacer entender a todos los ircuanos, pero no sabían expresarlo.

– ¿Y eso de ahí? – Preguntó señalando unos largos haces de luz suave y acogedora.

– Son las almas de los árboles. – Dijo sonriendo. – También son seres vivos. Los árboles son la memoria del planeta, se tocan unos a otros por las raíces y comparten la sabiduría para que esta nunca se pierda. – Explicó emocionada.

– ¿Y aquello? – Preguntó maravillado, acercando a unos diminutos focos de luz que se encendían y se apagaban intermitentemente, a un ritmo propio e independiente.

– Son Levas. Espíritus de las piedras. – Le dijo agachándose a recoger una de ellas y entregándosela.

– ¿Cómo puedes cogerla si no tiene cuerpo? – Preguntó sorprendido.

– Aquí no, pero en la otra dimensión es una piedra. Cuando regresemos la tendrás en la mano. Solo que ahora sabes que contiene un espíritu que recoge y guarda energía, sea del tipo que sea. – Le explicó con paciencia.

– Gracias. – Le dijo amablemente. – Este es un lugar precioso para pasar una tarde de lluvia.

– Lo he hecho para que entiendas que hay cosas que no podemos controlar y que hay que disfrutar de lo que tienes en el momento. – Le explicó ella con amabilidad y paciencia.

– Sé que eres tú, pero no me acostumbro a que seas tan amable y dulce. – Dijo sin pensar.

Una nueva carcajada pareció inundarlo todo.

– Haces bien en no acostumbrarte porque tenemos que volver y seguiré siendo como siempre.

Él rió también. Y para su sorpresa sintió lo mismo que cuando ella reía. Era una expresión de felicidad que emanaba espontáneamente.

– Aún no te das cuenta de que somos iguales. – Le dijo ella adivinando sus pensamientos.

– Es un concepto que va a costar asimilar. – Reconoció él.

–Volvemos. – Anunció Ánial antes de transportarlos de nuevo bajo la crisálida.

Lebinad se sintió caer dentro de su propio cuerpo. Nunca antes le había parecido tan pesado y molesto. Era una sensación extraña.

– Bienvenido. – Le dijo ella feliz.

– Ha sido un placer hacer este viaje contigo. – Respondió, aspirando su aroma con deleite.

La lluvia seguía cayendo sobre la cúpula de hojas tejidas. Sus cuerpos continuaban apiñados en aquel pequeño reducto, pero ya nada era como antes. Ninguno de los dos supo decir lo que había cambiado. Pero “profundo respeto” habría podido describir muy bien lo que sentían.

Lebinad sintió un peso en la mano y la abrió para ver lo que era. Una piedra cristalina de un suave color verde.

– Es muy bonita. – Dijo Ánial. – ¿Cómo te sientes?

– Feliz. – Respondió él sin dudar un momento.

– Puedes cargar la piedra con esa felicidad, para que te dé un poco, cuando lo precises en el futuro. – Explicó. – Solo tienes que tenerla en la mano y seguir sintiéndote así. La piedra estará contigo mientras considere que la necesitas. Las levas son espíritus libres, solo se quedan contigo si quieren. Si deciden marcharse, por mucho que intentes encerrarlas, desaparecen.

– Son muchas las cosas que tengo que asimilar. – Dijo él pensativo.

– Está parando de llover. – Anunció Ánial. – Pronto podremos salir.

Él pensó un momento antes de hablar.

– No tenemos nada que hacer fuera. Se está bien aquí. – Comentó con sinceridad.

– Sí, se está bien aquí. – Respondió ella arrellanándose un poco más, como un gatito mimoso.

Lebinad la abrazó y agachando la cabeza muy despacio depositó un pequeño beso sobre el reluciente cabello blanco. No supo por qué lo hacía ni quería saberlo, solo siguió su instinto, dispuesto a disfrutar de aquellos momentos de paz y felicidad. Ánial se limitó a sonreír, apretando entre sus manos la gruesa y larga trenza violeta, que ahora ya no le parecía tan ridícula.

Lebinad cerró los ojos, evitando pensar en nada. Simplemente vivía el momento con felicidad. Y entonces un torrente de información que parecía haber estado sepultada en los confines de su memoria llegó hasta él. Toda la sabiduría de sus ancestros, el aprendizaje de vidas anteriores, la información de todo su espíritu puro y el amor incondicional del ser superior que era, volvieron a formar parte de su existencia.

Continuará...

Por MCTudela

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