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Firi at txe 9.

Cuando volvió a abrirlos ya caía la tarde. Se despertó desorientado y al intentar incorporarse no pudo evitar caer de bruces al suelo. Rápidamente se levantó escupiendo arena. Buscó con la mirada a Ánial, avergonzado. Pero no la vio por ninguna parte, por lo que pudo recuperar la dignidad maltrecha, a tiempo.

Una gran cantidad de grandes hojas, amontonadas cerca, le llamaron la atención. La mujer apareció entre las palmeras arrastrando otra buena cantidad de ellas, por lo que corrió a ayudarla.

– ¿Qué estamos haciendo? – Preguntó con curiosidad cargándolas todas de una sola brazada.

– Se avecina una tormenta. – Respondió señalando el horizonte.

Él miró hacia donde ella señalaba, pero no vio nada extraño.

– ¿Qué estamos haciendo? – Volvió a preguntar divertido.

– Vamos a construir un refugio para guarecernos de la lluvia. – Explicó con un suspiro de evidencia.

Lebinad volvió a mirar al horizonte y excepto una pequeña nube a lo lejos, no pudo encontrar nada sospechoso. Pero decidió seguirle la corriente. 

Ánial se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, al lado del montón de hojas. Agarró varias y empezó a trabajar con ellas.

– ¿Qué tengo que hacer? – Preguntó el hombre intentando imitarla.

– Hay que trenzarlas para hacer una cubierta impermeable. – Explicó armándose de paciencia. – Para ser un personaje tan importante, no sabe hacer muchas cosas… – Murmuró para sí misma, balanceando la cabeza.

Lebinad ignoró el comentario y se dispuso a aprender. Durante un rato trabajaron en silencio. Vigilando de vez en cuando las nubes del horizonte, que se iban acercando, tal y como ella había predicho.

– No lo estás haciendo bien. – Gruñó Ánial. – Tienes que superponer las hojas una sobre otra, para que la lluvia resbale por encima. Si dejas huecos, no servirá de nada. – Continuó arrebatándole de las manos su obra y desbaratándola en un momento. – Esto es una chapuza. ¿Es que no lo ves?

– Mis dedos son más gruesos que los tuyos. Lo estoy intentando… – Se excusó ofendido.

– La lluvia puede durar muchas horas. Y si nos cobijamos en una gruta corremos el riesgo de que suba la marea y nos deje atrapados allí. – Explicó ella armándose de paciencia. – Estoy segura de que cuando lleves un buen rato empapado, desearás haber hecho mejor tu trabajo. No entiendo cómo puedes preocuparte tanto por cosas que no puedes controlar y por las que son realmente importantes, no eres capaz de esforzarte. – Le reprochó volviendo a mirar hacia los negros nubarrones, que se acercaban con rapidez, con expresión preocupada.

Sus palabras le dolieron. Tenía que reconocer que, en Ircua, tenía personas que se ocupaban de los detalles más prácticos. Por lo que nunca se había planteado aprender a hacer ciertas cosas. La urgencia que veía en su rostro, le convencieron de que aquel trabajo era realmente importante en aquellos momentos. No era usual que ella se preocupara por sandeces.

– Dime otra cosa que pueda hacer. – Respondió apaciguador.

– Está bien. Yo acabaré esto. Mientras tanto tú mueve una de las hamacas procurando que esté justo debajo de una rama muy larga y llena de hojas. De esta forma ayudará a protegernos de la cortina de agua. Tendremos que apretujarnos un poco, no hay tiempo para fabricar dos tejados. Ya está llegando el viento. Pronto empezará a llover. – Anunció.

Lebinad se apresuró a seguir sus instrucciones y pronto tuvieron el improvisado refugio preparado.

– Sube tú primero. – Dijo ella. – Eres más grande y no quiero tenerte encima todo el tiempo. Sujeta la comida. – Añadió poniendo en sus manos un fardo.

El hombre obedeció. La oscuridad y el fuerte viento no le inspiraban confianza. Una vez subido a la hamaca, Ánial colocó la cúpula de hojas trenzadas que había fabricado, atándola fuertemente a la angarilla por los extremos. Y sin más preámbulos se deslizó por debajo, empezando a reptar por encima de él, haciéndose un ovillo a su lado. La mujer suspiró satisfecha y sin miramientos se arrellanó para ponerse cómoda. Al momento las primeras gotas de lluvia empezaron a caer, produciendo un tamborileo sordo.

Lebinad intentó dejarle espacio, pero la forma redondeada de aquella especie de crisálida en la que estaban metidos, no ayudaba mucho a mantener las distancias.

– Aparta el brazo. – Gruñó. – No estoy cómoda.

– ¿Y dónde quieres que lo ponga? – Preguntó él divertido.

La mujer estaba prácticamente sobre su costado.

– No lo sé. Pero quítalo de aquí. – Replicó con la nariz aplastada contra su bíceps.

Durante un buen rato, entablaron una especie de batalla, buscando la posición más cómoda para los dos. Finalmente él colocó el brazo bajo la nuca de ella para que pudiera recostar su cabeza en el tórax.

– Ahora sí. – Dijo Ánial con satisfacción.

Para entonces la lluvia se había convertido en una cortina de agua torrencial.

Cuando por fin pudieron relajarse, Lebinad se dio cuenta de que, nunca antes, había estado tan cerca, físicamente, de una persona. Ni siquiera de su esposa. Los Ircuanos eran reacios al contacto físico o las expresiones de afecto. Como si el roce con otras personas pudiera ensuciar su aura. Por lo que aquella situación le resultaba muy embarazosa.

Aspiró profundamente intentado encontrar su óptimo estado de serenidad. El olor del cabello de Ánial le llegó con nitidez. Era un aroma dulce y suave, como el de las flores que solo se abren por la noche. Alzó el mentón, intentado apartarse, ya que la fragancia no le estaba ayudando a relajarse, más bien resultó ser lo contrario.

– ¿Por qué tu corazón está latiendo tan alterado? – Preguntó ella. – ¿Tienes miedo? – Y añadió dándole unas palmaditas en el abdomen, intentando ayudarle. – No te preocupes, solo es agua y aquí estamos a salvo.

Él respiró profundamente de nuevo, repitiéndose mentalmente que no había nada malo en aquella situación. Una nueva oleada de aroma a Ánial le inundó a traición.

– Además, yo estoy aquí. No dejaré que te ocurra nada. No queremos que Ircua pierda a su valioso consejero. – Bromeó, mientras se movía para adaptarse a él poniéndose más cómoda.

– Sí, no me queda duda de que estás aquí. – Respondió cerrando los ojos con fuerza.

Lebinad apenas podía entender lo que le estaba ocurriendo. Nunca antes, su cuerpo había reaccionado de aquella manera tan física.

Continuará...

MC Tudela

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